miércoles 3 de diciembre de 2008

Sho quiero ser de Jet Set

No hay caso, no hay caso. ¡Qué ganas de figurar!

5 dijeron algo:

Diego Daniel Mira dijo...

Chori, vos también no dejás pasar una... o sea...

Diego Daniel Mira dijo...

¡Qué grande los heroes del silencio! con este musiquerito tiramos el blog por la ventana, pero chori, vos juegás como si estuvieras ganando 3 a 0, una cosssa de locosss, abrazo

Anónimo dijo...

Días extraños

Por Martín Caparrós.

Corrían, como siempre, días extraños. Los argentinos veníamos del sobresalto 2001, cuando pensamos que todos los políticos eran unos mentirosos y que mejor se fueran todos así manejábamos nuestras vidas sin ellos y nos enorgullecimos y después se nos pasó enseguida porque nos asustamos. A principios de 2003, millones de huerfanitos buscaban con denuedo un papá bueno: uno que les asegurara cierto mando pero no fuera tan mandón, cierto manejo de los negocios sin ser un negociante, el respeto por ciertas ideas sin ser un idealista. Era un cóctel difícil, y más si había que buscar entre políticos criollos. Los huerfanitos no lo encontraban y en esas elecciones no supieron qué votar, así que les dio un ataque de felicidad el 25 de mayo de 2003, cuando un señor inesperado dio un discurso en el que se mezclaban ecos de la cólera del fin de
ciclo neoliberal con un estilo querible por lo torpe: una especie de Chaplin con un par de proyectos adaptados al aire de los tiempos.

El doctor Kirchner mezclaba los últimos acordes del que-se-vayan-todos con un que-se-vayan-los-peronios: sus primeros meses de gobierno estuvieron marcados por su ofensiva contra su partido –la entonces famosa transversalidad–, que le granjeó más simpatías entre millones de clasemedios hartos de enjuagues pejotistas. Para más gloria sureña, la oposición no existía, y el doctor Kirchner parecía ocupar toda la escena. O, mejor dicho, la ocupaba: su gobierno
era él, sin siquiera una pinche reunión de gabinete para simular cierta participación –de sus subordinados–. Ni hablar del resto de la sociedad, que miraba de lejos y –todavía– aplaudía.

Porque había –un poco de– plata. Nada de eso habría servido para nada si no hubiese sido por la plata. Empezaba uno de esos ciclos prósperos que la Argentina sabe alternar con sus crisis brutales. Esta vez la que daba sus frutos transitorios era la Nueva Argentina creada por Kissinger,
Videla y Martínez de Hoz en los setentas: la patria agropecuaria. El mercado mundial favorecía ciertas plantas y el dinero empezó a correr por supermercados y concesionarias. Como siempre, corría mucho más por las calles asfaltadas y el Gobierno, que había prometido reformas fiscales y otras formas de redistribución, no parecía hacer nada al respecto; para compensar y hacerse una reputación, nada mejor que insistir con el tema de los derechos humanos. La receta quedó firme, y podría llamarse MPM –no, no Movimiento Peronista Montonero sino Modelo Puerto Madero: ese barrio de calles carísimas con nombres de Madres de Plaza de Mayo es una síntesis posible del modelo kirchnerista.

Así que hubo, una vez más, días extraños. Durante tres o cuatro años, muchos argentinos quisieron olvidarse de todo lo que habían dicho en sus momentos de desesperación y volvieron a creer que este país estaba condenado al éxito. Los ricos argentinos son tan punk: viva el aquí y ahora, no hay futuro, a fornicar que los planetas colisionan, y la clase media los imita. En esos días, los que pudieron volvieron a viajar a otros países, consiguieron trabajos, consolidaron barrios fashion, se vistieron más fashion, comieron cada vez más fashion, se llenaron de la palabra fashion –que es tan cool–, se compraron coches o televisores, se ennoblecieron con Tinelli y, en general, con gran dedicación, se hicieron los boludos. Los argentinos somos maestros en el arte de hacernos los boludos.

Mientras tanto, unos pocos molestos seguían clamando que estábamos entregados a nuestro deporte nacional: el desperdicio de oportunidades. Que la prosperidad de la soja no duraría y que había que aprovecharla para sentar bases para riquezas más durables y, sobre todo, para tratar de pensar qué país estábamos haciendo; nadie quiso escucharlo, y al Gobierno nunca le interesó ese debate, ni ningún otro. Hasta que, 11 de marzo de 2008, la política volvió de golpe a la Argentina. Es curioso que haya sido esa fecha, a 35 años exactos del día en que unas elecciones marcaron el fin de una dictadura y el principio del camporismo efímero, el día más setentista. Lo cierto es que, con la suba de las retenciones, los enfrentamientos que habían quedado soterrados por una torta que parecía suficientemente grande reaparecieron en todo su esplendor.

El pequeño cambio básico que venía introduciendo desde su inicio el peronismo del doctor Kirchner –la recuperación del Estado destruido por el peronismo del doctor Menem– hizo explosión. Fue una pelea de ratas semiebrias: un gobierno que hizo todo mal –pensó mal sus medidas, desdeñó sus alianzas, escaló el enfrentamiento– se peleaba con sectores que no querían entregar ni un poco de una supuesta ganancia extraordinaria que, semanas más tarde, había dejado de existir. Pero, más allá de su tema, la pelea marcó el inicio de una etapa distinta. La ofensiva kirchnerista por aumentar el poder del Estado produjo reacciones encendidas. De todo tipo: incluso a mí, que en principio estaría de acuerdo con recuperar el rol del Estado, me resulta difícil defenderla porque se basa en un manejo muy turbio, sospechoso, de un gobierno que perdió el respeto general porque nunca quiso depurarse. Con lo cual, en medio de la crisis, el clima del país es completamente otro: desconfiado, beligerante, desesperanzado. Se acabó el ciclo de las vacas gordas, y las nuevas vacas flacas nos encuentran con una mano atrás y otra también y un gobierno deslegitimado. Entre los problemas económicos que sin duda llegan y el clima de enfrentamiento político que se va profundizando, entre la agitación sindical creciente y la inseguridad que produce una sociedad desarmada, estos próximos meses pueden ser muy buenos para hacer periodismo, y complicados
para todos los demás. Se vienen, de nuevo, días extraños.

Anónimo dijo...

Es raro pensar que en un mundo donde casi todo se ha movido tanto hay un país –un solo país– que tiene el mismo gobierno de hace cincuenta años. Es difícil encontrar algo más inmóvil, mejor conservado. Y todo en nombre del cambio por excelencia: de la revolución.

Anónimo dijo...

La paja ajena

Por Martin Caparrós

Nunca fui un fan de la prensa americana, y sus sanatas sobre la verdad, la honestidad, la independencia del periodista siempre –dicho en buen mexicano– me valieron madre. Pero el otro día me encontré en el New York Times un artículo que me produjo admiración, envidia, admiración.

El artículo se titulaba “Carlos Slim Helú: el empresario reticente” y empezaba contando que “Carlos Slim Helú estaba claramente molesto. Un día del otoño pasado, en la Ciudad de México, había invitado a docenas de corresponsales extranjeros a almorzar y, tras muchas preguntas sobre tendencias comerciales, un periodista quiso saber cómo se sentía al ser tan rico en un país donde tanta gente no llega a fin de mes. El señor Slim cortó la pregunta y defendió su manejo de su vasto imperio económico. Su tono intransigente mostraba que no estaba a favor de esa línea de preguntas. (…) Dueño de telefónicas, constructoras, hipermercados, el señor Slim proyecta una sombra importante sobre el paisaje mediático de su país. Notoriamente quisquilloso, no necesita levantar el teléfono y rugir a los que publican algo que no le gusta. Sus vastos recursos suelen asegurarle una cobertura mucho menos que crítica”, dice el artículo del New York Times, y cuenta cómo un diario mexicano, El Universal, fue amenazado con el retiro de toda la publicidad de las empresas de Slim tras una columna en que cuestionaba algunas de sus decisiones. Después explica que “Slim construyó su fortuna adquiriendo compañías en dificultades y reflotándolas, pero llegó a los primeros puestos de la riqueza mundial cuando le compró al gobierno el monopolio telefónico mexicano, Teléfonos de México, conocido como Telmex, en 1990. Sus críticos dicen que sus conexiones políticas le aseguraron el negocio, pero él responde que su oferta de 1.760 millones de dólares superaba el precio de mercado. Hoy, aunque el mercado telefónico mexicano está ostensiblemente abierto a la competencia, sus tarifas están entre las más caras del mundo. (…) Slim puede poner sordina a algunos críticos, pero no a todos: ‘Pasar a la historia como un malvado monopolista que peló a los consumidores mexicanos no es una imagen de sí mismo que le guste’, dice Denise Dresser, una cientista política mexicana, ‘pero es una imagen verdadera’”.

Y así sucesivamente. Hasta ahí, nada de qué sorprenderse: un gran diario americano mirando, una vez más, la paja en ojo ajeno mientras las vigas llueven en llamas a su alrededor. Un clásico, si no fuera porque –como el artículo también dice– Carlos Slim es uno de los principales accionistas de la empresa que publica el New York Times. El año pasado Slim compró 9,1 millones de acciones –el 6,9 por ciento del total–, que entonces valían unos 127 millones de dólares y esta semana, en plena crisis, alrededor de 35. Y a principios de año le prestó a la compañía editora del Times 250 millones de dólares convertibles en acciones. Por todo lo cual Slim es el tercer accionista más poderoso de la empresa: uno de los dueños.

Digo: casas más, casas menos. Y me pregunto cuándo Clarín va a contar las maniobras de Héctor Magnetto, La Nación las tretas de vaya a saber quién –porque ni siquiera está muy claro de quién es. Cuándo van a salir por América TV los curros de la pareja Vila-Manzano, cuándo en Radio América los negocitos del nuevo magnate Sergio Spolsky. O si, por ejemplo, sin ir más lejos, Crítica de la Argentina escribirá sobre sus dueños. (Antes de que saliera el diario, Lanata dijo que daría una conferencia de prensa con toda la información societaria; después, en algún momento, se cansó: se preguntó por qué debía hacer lo que ninguno hacía, por qué tenía que rendir examen –y supongo que tenía razón).

Lo cierto es que no sucede: nunca sucede. Y hay una explicación pragmática –casi– razonable: en la Argentina, los medios de comunicación son empresas que se rigen, como cualquier empresa, por sus intereses. Por eso no tiene sentido que un diario con intereses sojeros importantes publique nada en contra de los transgénicos, un suponer. O por eso sí tiene sentido que los nuevos dueños de radio del Plata echen a un tipo como Nelson Castro: si yo tengo una empresa de neumáticos y uno de mis vendedores recomienda a mis clientes que compren gomas de la competencia, le pago su finiquito y lo mando a la casa. Yo, empresa privada, no tengo por qué pagarle a alguien para que diga lo que no quiero que diga, para que hable mal de mis amigos, mis socios o de mí. Dentro de la lógica de mercado, una empresa periodística tiene derecho a definir que ciertas cosas no se dicen, que algunas deben decirse de tal o cual manera, que otras deben decirse sin parar. Y elegir quiénes las van a decir y quiénes no. Para eso son los dueños.

No hay, supongamos, por qué sorprenderse de ese mecanismo. En un mundo ideal, ciertas empresas mediáticas deberían pertenecer a un Estado tolerante, plural, que asegurara el libre acceso a la información de todos sus ciudadanos, y otras a grupos de personas, asociaciones, partidos, cooperativas –y que nadie pensara en hacer negocio con ellas. No parece que nada de eso esté por suceder. Nos quedan, entonces, las reglas del mercado: empresas haciendo guita con productos berretas que supuestamente los clientes prefieren, y cuidando esa guita con el sencillo expediente de no meterse con los intereses de sus dueños o de esos dueños remotos y esporádicos que son sus grandes anunciantes, públicos o privados.

El mercado triunfa: en esos términos, en la Argentina actual, el problema no son las empresas sino los clientes. Si yo voy al súper y me compro un kilo de carne verde esmeralda con gusanitos bailarines –y si a mi lado cientos hacen lo mismo–, los señores súper, después de reírse un rato, van a respirar hondo y entender que bueno, ya no es necesario conservar fresca la carne. Distinto sería si no resultara, si la mayoría de los carnívoros de ese súper saliera corriendo y no volviera nunca más: entonces intentarían vender carne fresca o que parezca fresca. Si el New York Times publica una nota dura sobre los negocios de uno de sus dueños es, en parte, porque a sus editores les gusta esa imagen inflexible de sí mismos y, mayormente, porque saben que sin esa imagen su negocio se derrumba: que su público espera eso de ellos, y no los toleraría –dejaría de consumirlos– si fueran muy claramente de otro modo. Entonces publica ese artículo –que al fin y al cabo no tiene grandes revelaciones, que dice lo mismo que todos dicen y nadie puede ignorar del todo, y que le sirve para salvar la cara. Pero ése es el punto: que crean que tienen que hacerlo, que su público les exija que lo hagan.

Aquí los medios no necesitan siquiera simularlo porque su público no se lo exige. Entonces los periodistas seguimos haciéndonos los boludos, enunciando grandes imperativos morales que siempre se aplican a los otros. Si empezáramos por casa –si simuláramos, al menos, que empezamos por casa– quizá tendríamos cierto derecho a ocuparnos de lo que hacen los demás y derecho, sobre todo, a que nos crean cuando lo hacemos. Pero nadie nos lo exige, y seguimos así. Y no es del todo nuestra culpa, sino más bien la de ustedes, mis queridos, que también somos nosotros: los argentinos no sólo tenemos los políticos que nos merecemos; también –faltaba más– el periodismo que ustedes nosotros, sus lectores, hemos sabido conseguir. ¿Quieren mejores medios? Exíjanlos a su proveedor habitual, a ver qué dice.