martes, 10 de noviembre de 2009

48

“Las cosas más triviales se vuelven fundamentales…”. Héroes del Silencio le pone la banda sonora a esta mañana primaveral y soleada en la que paso por la puerta del colegio en el que viví los años más felices de mi vida. Cómo si las paredes hablaran, me quedo parado frente a la reja en la que esperé mil veces a mi mamá a que me viniera a buscar, en la misma reja en la que esperé otras tantas a mi papá (que nunca no llegó).
Mientras miro a Roberto, el eterno portero que saluda a todos como si se acordara de cada uno, me prendo un cigarrillo, con la esperanza de que alguien me lo haga apagar (“cómo va a fumar delante de los chicos, señor, no sea ordinario”) y se pierda en el intento al reconocerme (yo, el hijo pródigo, abanderado de la Promoción 93).
Terminado el rubio de 30 centavos la unidad y el recreo inverosímil, me dispongo a seguir con la rutina que implica llegar a mi casa, cocinar y volver a salir (son estos los momentos en los que añoro tener el poder de acelerar el tiempo para que las horas huevo pierdan la calidad de tales).
Cruzo por la calle donde la empanadería se rindió ante los ladrillos sojeros cuando escucho un “estás más viejo, pero caminas igual”. En efecto, desde que me acuerdo, todos (madre, novias, amigos, hermano) me achacan el andar cansino, casi arrastrando los pies y con las rodillas flexionadas (“cuando seas viejo te va a matar la artrosis, Mono”)
Me costó reconocerlo. Ese nene de ojos verdosos con pelo rubio “corte tasa” le dejó su lugar un tipo fornido, de anteojos oscuros, barba de tres días y pelo muy corto, rendido ante lo inevitable de la herencia. Era E. Culocalzón desde los 7 hasta los 12, junto con J.
Tras hacer un par de cuadras en su auto, un utilitario blanco, resolvemos parar en un bar para poder charlar tranquilos. Sentados afuera (“para que podamos fumar”), comenzamos a recordar anécdotas obvias. El, yo y J a todos lados juntos, los grupos para hacer las guías de trabajo (con F, la única mujer del grupo), el fútbol (J y yo contra el), la facilidad que tenía para levantar minas (“toy de novio hace cuatro años, pero de tanto en tanto un tirito hago), lo bien que jugaba al básquet, su cantidad de dientes, etc…
A la tercera cerveza (me doy cuenta que cuando lo dejé de ver, a los 15, en el cumpleaños de mi primera novia-beso todavía no tomábamos legalmente), caigo en el lugar común (algo usual, sobre todo si hace años que no lo veo) “¿Cómo está tu vieja?”.
Inmediatamente, su cantidad de dientes se apagan y, como si volviéramos a esos años en los que me hacía sentir diminuto (cosa que odiaba, pero por cierta envidia), me tira con una tapita.
“Bien. Bah, en realidad por ahí delira un poco. Llego y le pregunto qué hay de comer y me sale con que lo esperemos al viejo. Cuando le digo que el viejo murió hace 11 años se larga a llorar. Es jodido”, me dice mientras mira para abajo, como sintiéndose responsable por el estado de la vieja.
Largo el “es jodido, pobre vieja” y trato de cambiar de tema. De novio, laburando, luchando contra la facultad (“siempre fuiste traga. Los anteojos te delatan”), que cuando nos juntamos a comer un asado, que sabés de José, lindo culo tenía Nadia, la de tercero, el otro día me la crucé, está hecha una vaca, pero le doy…
Cuando nos quisimos dar cuenta, la tarde le ganó al mediodía y cada uno tenía que seguir con su vida así que quedamos en volvernos a ver. “Me robaron el celular, dame el tuyo y nos juntamos a tirar un animalito a la parrilla y tomar un fernet”.
Vuelvo a casa con la cabeza renovada. Ver a E me cambió el semblante del día y hasta me dieron ganas de hacer una juntada con los chicos. “Mañana mismo me pongo las pilas y empiezo a mandar mails para arreglar algo”, me miento.
Al día siguiente, creo, me lo encuentro a U en la calle. El encuentro no fue de las características del que tuve con E porque sencillamente lo veo casi todos los días. “Eh, puto, que hacés”.
Ni falta hace que nos sentemos a tomar algo. De parados nomás, en la puerta de la reja del colegio donde pasé los días más felices de mi vida, donde casualmente trabaja como secretario técnico, me prendo un pucho y me apresto a compartir mi alegría.
“No sabés boludo, me lo crucé a E. Está pelado el hijo de puta. Me contó que la madre sigue mal por lo del viejo, que delira. Me da lástima por el hermanito, bah, hermanito, debe tener como 17 el pendejo. La cuestión es que quedamos en juntarnos así que avisale a los chicos porque en cualquier día me llama. Como le afanaron el celular me dijo que me iba a llamar para poner fecha. Estaría buenísimo ¿Qué te parece?”.
No más de 30 segundos demore en vomitarle todo esto. Pero para U pareció un eterno viaje al pasado. Con esos ojos redondos, tan redondos como su cara y su cabeza, que le hacen juego con la panza, U dejó de lado esa hormonal forma de vida que lo posee y me miró con las cejas, con la nariz, con las orejas, con los cachetes, con la barba candado, con la pelada, con los dientes. “Boludo, E. se murió hace 11 años, en un accidente de autos”.

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